¡Cuán distinto sería nuestro discurso (y entiéndase aquí: nuestra conversación, exposición, argumentación, etc.) si escuchásemos más y habláramos menos!

¿No te ha pasado nunca comenzar una conversación y al cabo de un rato te das cuenta de que tú no tienes opción de decir ni palabra (bueno, quizá, como mucho, algún monosílabo que otro)?

El hablar sin pausa implica la ausencia de escucha. Y aquí es donde la conversación se convierte en un monólogo y la comunicación deja de existir.

Una conversación, al igual que una conferencia, presentación o cualquier otro formato que nos interese, será efectivo sólo si tenemos en cuenta las necesidades e inquietudes de aquellos a los que nos dirigimos. Y esto difícilmente lo sabremos a no ser que les escuchemos.

Pero siento deciros que esa no es la tónica general.  Unas veces, por hablar en exceso y no dar opción a escuchar, y otras porque, aunque oigamos, no escuchamos lo que en realidad nos quieren decir.

Porque no es lo mismo oír que escuchar, aunque habitualmente utilicemos estas dos expresiones de manera indistinta. Y esto genera cantidad de conflictos, malentendidos, interpretaciones sesgadas, pérdida de interés por lo que decimos…

Oír lo hace el ser humano y otros muchos animales, ya que por nuestras características biológicas tenemos capacidad de oír sonidos, en diferentes rangos de frecuencias. Por ejemplo, los perros y gatos son capaces de escuchar un rango más amplio de vibraciones que el ser humano y los delfines o murciélagos son quien lo tiene más amplio.

Sin embargo, escuchar es un fenómeno diferente en el que además de oír, interpretamos.

Interpretamos las palabras, por supuesto, aunque no siempre esto coincide con lo que quien las emite pretende hacernos llegar. Y también los silencios. La interpretación que hagamos dependerá de nuestra historia, nuestras creencias y expectativas (de esto hablaremos en otro post), y también de otros factores de percepción que no son exclusivamente el auditivo:

  • Gestos faciales
  • Movimientos
  • Contacto visual
  • Voz
  • Postura
  • Respiración

Todo ello será percibido por nuestros diferentes sentidos y si no es coherente con nuestras palabras, nuestro mensaje automáticamente perderá fuerza.

Un ejemplo: Podemos encontrarnos con que la sonrisa de nuestro interlocutor no parece muy genuina. Si os fijáis en la foto del principio, veréis a Laurel y Hardy, también conocidos como El Gordo y el Flaco, famosos cómicos de los años 20 y 30 del siglo pasado. Hardy, el gordito, tiene una sonrisa real, sentida (también llamada de Duchenne), mientras que Laurel tiene una sonrisa fingida, no emocional.

La diferencia entre una y otra, además de que una es natural y la otra no, es que cuando sonreímos de verdad porque sentimos alegría, se activa de forma involuntaria el músculo cigomático mayor de la cara, mientras que cuando forzamos la sonrisa, esto no ocurre. Y quien lo ve, a veces inconscientemente, lo percibe.

Estos datos llegan hasta nuestro oyente/audiencia e influyen aumentando o disminuyendo, según como sea percibida, la veracidad de nuestras palabras.

¿Qué ocurre cuando la persona con la que estamos hablando no nos mira a los ojos, sino a cualquier otra parte? Pues que difícilmente confiaremos en ella.

Por eso es muy importante ser natural, hablar con pasión, y que nuestros gestos sean coherentes con el mensaje que queremos transmitir: todo ello será “escuchado” (es decir, interpretado) por nuestro interlocutor o nuestra audiencia.

Como decía Nietzsche:

“Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad”.

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