A todos nos consta que el lenguaje nos permite expresar o describir tanto nuestro mundo exterior (lo que percibimos con nuestros sentidos)  como el mundo interior, es decir, lo que pensamos o sentimos.

Esto ocurre cuando por ejemplo decimos: “mi entorno de trabajo es hostil”, o “lo pasé genial ayer en la cena”.

Con ello damos cuenta de nuestra forma de ver el mundo, y el procesamiento que hacemos internamente de él. Esto compondría “nuestra realidad”, transmitiendo mediante el lenguaje nuestras conclusiones a los demás. Hasta aquí, la faceta pasiva del lenguaje.

Lo que quizá no contemplen muchas personas es su capacidad generativa. Permite crear realidades diferentes y hacer que las cosas ocurran. El lenguaje es acción, con lo que nos permite moldear nuestro futuro y el de los demás,  la identidad nuestra e incluso, el mundo en que nos desenvolvemos. Por eso se considera que el lenguaje es activo.

El ser humano no es de una forma determinada e inamovible.  Aún así, muchas personas siguen repitiendo aquello de: “Es que yo soy así!”, lo que implica que consideran que no pueden cambiar. Pero eso es una creencia susceptible de modificación, especialmente cuando tomamos consciencia de que son nuestras palabras las que modelan quienes somos.

Por eso es tan importante tener un cuidado exquisito con lo que decimos. Y ¡ojo! No solo me refiero a lo que hablamos en voz alta (conversación externa), sino también a lo que pensamos (conversación interna) y no llegamos a expresar.

Un claro ejemplo es cuando contamos nuestra historia.  Eso ocurre cada vez que conocemos a alguien nuevo, o nos reunimos con algún amigo que hace tiempo que no vemos, o nos ofrecemos para un trabajo.

“Soy Luís, y trabajo como comercial,  aunque la verdad,  no me gusta mucho. Hace años me surgió esta oportunidad de trabajo y la acepté, pero en cuanto pueda, me busco otra cosa, aunque con esta crisis y lo difíciles que está ahora la situación, supongo que tendré que aguantar un tiempo. “

En pocas palabras Luís ha dejado ver su descontento con la ocupación actual, la resignación y la falta de esperanza en que pueda hacer un cambio que le genere bienestar a corto plazo.

Este discurso podría ser distinto, algo así:

“Soy Luis, y mi ocupación actual es como comercial. Tal y como están las cosas ahora, me siento afortunado por tener un trabajo, aunque no es lo que más me llena, así que estoy estudiando diseño de interiores, que es lo que me ha gustado siempre, y en cuanto pueda me dedicaré a ello”

Lo que percibimos de las 2 situaciones es muy distinto. En esta segunda, aunque Luís trabaja igualmente en algo que no le satisface, pero tiene sus miras puestas en otras cosas que le gustan más y que podrían hacer cambiar su situación laboral poco deseada en un tiempo no muy largo. Una historia se enfoca en el aspecto negativo de su momento laboral, la otra, en las posibilidades que se abren ante sus ojos.

No nos olvidemos de que tanto una como otra han sido, previamente, una conversación consigo mismo, que después ha verbalizado.

Así que mi recomendación es utilizar un lenguaje que:

  • Sea positivo y nos empodere

Motivarse a uno mismo no es engañarse, sino crear ideas que apoyen la fortaleza que de por sí, todos tenemos. ¿Sabes que repercusión tiene esto en los demás cuando lo transmites?

  • Nos abra los ojos a las oportunidades

Donde algunos ven problemas, otros ven oportunidades. Mira las palabras que utilizas. ¿Qué tal si cambias “problemas” por “desafíos”?

  • Mantenga nuestra autoestima alta

Nada de descalificaciones ni juicios, sino creer en uno mismo con fuerza. Ya lo decía Miguel de Unamuno: “El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él”

www.marinalatorre.com