
La claridad también puede ser una forma de presión
Aprender a sostener los periodos de incertidumbre.
Hay momentos en la vida en los que todo parece relativamente claro. Sabes hacia dónde vas, qué decisiones tienen sentido y desde dónde estás viviendo.
Y hay otros momentos en los que esa claridad desaparece.
Cuando la claridad desaparece
Tener claridad es algo que buscamos a menudo.
A mí también me pasa que hay temporadas en las que mi vida tiene una claridad cristalina… y otras no.
A lo largo del tiempo pasan muchas cosas que desestabilizan y enturbian la mente:
– Algo en el entorno se altera: el trabajo, la situación familiar, las relaciones u otras circunstancias externas.
– Tú, o alguien cercano, enferma.
– Las prioridades cambian por uno u otro motivo
y la claridad que tenías desaparece.
Miras hacia adelante y solo ves una especie de niebla que difumina el panorama.
Esto es habitual, porque la vida es cambio. Es lo único constante, por mucho que no nos guste.
Y entonces aparece la incertidumbre.
La incómoda incertidumbre
Profundamente relacionada con los cambios y la falta de claridad, la incertidumbre a veces se siente como un dolor que hay que hacer desaparecer cuanto antes.
De hecho, no he encontrado muchas personas que se relacionen bien con ella. En parte porque vivimos en una cultura profundamente obsesionada con tener claridad sobre la vida.
Pero eso no siempre es posible.
Hay momentos en los que simplemente no tenemos pistas sobre qué vendrá después.
Y, aunque incomode, eso también forma parte de la vida.
No siempre podemos —ni necesitamos— tener certeza o claridad.
Pasar por periodos en los que una parte importante de nuestra estructura parece estar en el aire genera incertidumbre, y con ella aparece el miedo o el malestar.
Entonces entra la urgencia por encontrar señales que te den un poco de luz para avanzar.
Y, por si fuera poco, a veces el entorno añade todavía más presión:
“Mira a ver si te aclaras.”
“Yo no sé qué pasa por tu cabeza, ni a qué estás esperando.”
Esto no hace más que intensificar el diálogo interior.
Y empiezas a preguntarte por qué tú no puedes tener claridad como parece tenerla todo el mundo.
Y eso añade todavía un poco más de sufrimiento.
El tiempo que necesitan algunos procesos
Lo que poca gente te dirá es que muchas veces se necesita espacio para atravesar los cambios, para asumir nuevas situaciones y para que aparezcan otras perspectivas.
Hay procesos que necesitan tiempo.
No resulta cómodo sentir que los cimientos que te sostenían se mueven, o que las referencias en las que te apoyabas han desaparecido.
Es como cuando se mueve el lugar interno en el que estás.
Hasta que te ubicas en el nuevo, atraviesas un periodo con muy poca claridad y muy poca certeza.
A veces estos momentos se parecen mucho a lo que describo en El silencio también ordena.
En esos momentos, quizá lo más útil no sea forzar respuestas, sino escuchar qué está ocurriendo dentro de ti y confiar en que esa visión borrosa irá despejándose poco a poco, a medida que tu nuevo lugar interno se vaya asentando.
Con el tiempo he ido entendiendo que la claridad no siempre es el punto de partida.
Muchas veces es el resultado de haber atravesado una etapa en la que todo parecía más confuso de lo que nos gustaría admitir.
Quizá una parte importante de madurar tiene que ver precisamente con esto: aprender a sostener periodos en los que no hay claridad.
No todo en la vida se puede pensar hasta encontrar la respuesta correcta.
A veces la claridad no aparece porque la estemos buscando con más intensidad, sino porque algo dentro de nosotros ha tenido tiempo de moverse, reorganizarse y encontrar un nuevo lugar desde el que mirar.
Quizá el problema no es la falta de claridad.
Quizá el problema es la presión por tenerla antes de tiempo.
Con la certeza del cariño

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