Persona reflexionando sobre un cambio que quiere hacer pero todavía no ha llevado a cabo.

¿Por qué digo que quiero cambiar y no lo hago?

Samuel lleva tiempo pensando en cambiar de trabajo. Está cansado de hacer siempre lo mismo, en el mismo sitio, con la misma rutina y la misma gente.

A menudo fantasea con hacer algo diferente: mira ofertas de trabajo de vez en cuando, habla con personas cercanas y piensa mucho en distintas alternativas.
De tanto en tanto aparece una opción concreta que cree que podría interesarle. Pero, tan pronto como la lee, empieza a encontrar razones para descartarla:

“Puede que no sea estable, ahora no es el momento, seguro que tengo que aprender cosas nuevas, a lo mejor me arrepiento, no sé si estaré a la altura…”

Después vuelve a su trabajo de siempre y continúa pensando que necesita un cambio.

Cuando lo comenta con algunos amigos de confianza, unos le dicen que tiene miedo; otros, que se autosabotea.
Puede que alguna de esas explicaciones contenga parte de verdad.

Pero también podemos detenernos antes de llegar a una conclusión y mirar con más profundidad esa contradicción: una parte de él quiere salir de ahí y otra sigue protegiendo algo de lo que ya conoce.

Qué puede estar sosteniendo lo que no cambia

¿Qué quiere cambiar realmente? ¿Qué está intentando conservar? ¿Qué coste tendría moverse? ¿Qué perdería además del trabajo actual? ¿Qué le ofrece seguir como está, aunque ya no le entusiasme?

Quizá, al mirar con más atención, descubra que hay aspectos de su vida actual que valora mucho más de lo que había reconocido.
La estabilidad. Un horario que le permite hacer otras cosas. Poder dejar el trabajo atrás cuando sale por la puerta. La relación con algunos compañeros. El sueldo. Las vacaciones. Una determinada organización de sus días.

Puede que cambiar de trabajo no signifique únicamente dejar atrás aquello que le aburre. También podría significar renunciar a algunas cosas que sí quiere conservar.
O quizá aparezca algo completamente distinto.
Puede incluso que el problema no sea exactamente el trabajo. Ese cansancio podría estar señalando otra cuestión que se ha extendido también al ámbito laboral.
Y todavía queda otra pregunta:

¿Cómo ha llegado hasta él la idea de que necesita cambiar de trabajo?

¿Es algo que realmente quiere? ¿Lo ha sentido con claridad alguna vez? ¿O esa idea se ha ido formando a partir de comparaciones, expectativas, comentarios de otras personas o de una determinada idea sobre cómo debería ser una vida profesional satisfactoria?

A veces damos por hecho que, si decimos que queremos algo y no lo hacemos, el problema está en nuestra incapacidad para dar el paso.
Y puede ser.
Pero no siempre.

Antes de empujarnos a actuar, quizá merezca la pena mirar qué está ocurriendo ahí.
Porque la distancia entre lo que decimos querer y lo que hacemos también contiene información.

La contradicción también contiene información

No siempre significa que estemos evitando, bloqueándonos o saboteándonos.

A veces puede mostrar que eso que decimos querer no está tan claro como pensábamos. O que sí lo queremos, pero no a cualquier precio.

Puede revelar que hay algo de la situación actual que también valoramos y que no habíamos tenido en cuenta. Que una parte de nuestra vida está sostenida por equilibrios que no queremos perder. Que el cambio que imaginamos trae consigo renuncias, incertidumbres o consecuencias que todavía no estamos preparados para asumir.

También puede ocurrir que llevemos tiempo repitiendo una idea sobre lo que “deberíamos” cambiar sin haber comprobado si esa necesidad nace realmente de nosotros.
O que hayamos puesto el foco en el lugar equivocado: pensamos que el problema es el trabajo, la relación o la ciudad, cuando quizá lo que necesita ser revisado es otra cosa.

Nada de esto significa que debamos quedarnos como estamos.
Significa que, antes de empujarnos a actuar para ser coherentes con lo que decimos querer, puede ser útil mirar qué está sosteniendo de verdad nuestras decisiones.

A veces esa observación confirma que sí queremos cambiar y que lo que aparece es miedo, inseguridad o dificultad para dar el paso.
Otras veces modifica por completo la pregunta.

Quizá ya no se trate de: “¿Por qué no hago lo que digo que quiero?”
Sino de: “¿Qué me está mostrando el hecho de que todavía no lo hago?”

Y esa segunda pregunta puede llevarnos a un lugar bien distinto.

Un abrazo sin dicotomías

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