Lo di por seguro, pero no fue así

La semana pasada se declaró un incendio cerca de casa.
La policía nos desalojó y estuvimos más de ocho horas fuera, sin saber del todo qué íbamos a encontrar al volver.
Finalmente, el fuego no alcanzó nuestra casa ni el terreno. Nosotros estábamos bien y, visto desde fuera, todo había terminado bien.

Y, en realidad, así fue.

Pero durante los días siguientes empecé a darme cuenta de que aquello nos había dejado más cosas de las que parecía.
Cuando salimos de casa entendí que ya no había vuelta atrás.

Cuando ya no puedes hacer nada

Llegamos al lugar donde nos quedamos a esperar, a escasos dos minutos en coche. Avisamos a la familia de que estábamos bien y fuera de casa y, en algún momento, me rendí: lo que fuese a ocurrir, ocurriría, y nosotros no podíamos hacer nada para modificarlo.

Preocuparme tampoco iba a cambiarlo.

Eso me permitió mantenerme calmada durante todo el tiempo, aunque durante horas no supimos si habíamos perdido todo, incluso un lugar donde vivir. Aun estando tranquila, fue más fácil cuando llegó la información de que el fuego no había afectado a nuestra casa.

Después pensamos que todo estaba bien. Y lo está. Pero haber estado tan cerca de la posibilidad real de perder el lugar donde vivimos y todas nuestras cosas nos ha dejado algo.

En la semana que ha pasado desde entonces hemos detectado cuán sensibles estamos a determinados estímulos: las sirenas de los bomberos y la policía (que siguen sonando mientras escribo este artículo), los helicópteros volando a nuestro alrededor, cualquier olor a quemado… Parece que se nos ha quedado grabado.
Sentimos que nuestro estado de ánimo está tocado. Y durante estos días, seguimos viendo incendios por la zona.

También hemos reflexionado sobre muchas cosas que han pasado y hemos pensado estos días, entre ellas, aquellas que damos por hechas y que no lo son tanto.
Esperamos una continuidad. Damos por hecho que mañana será más o menos como ayer, que todo seguirá en su lugar, hasta que un día, sin previo aviso, deja de estarlo.

Yo también daba por seguras muchas cosas, pero durante unas horas dejaron de estar garantizadas.

Las prioridades se reajustan. Estamos bien y estamos juntos. Tenemos estrictamente lo imprescindible. A partir de aquí, ya se verá.
Lo que puede parecer importante en un momento dado deja de serlo. Ya no hay tantas cosas “imprescindibles”. Pero sí me di cuenta de que algunas pequeñas cosas que me dan paz o alegría, y algunos objetos con mucho valor sentimental, me hubiera gustado llevarlos conmigo. No pudo ser.

Volver a la normalidad de otra manera

En este caso hubo suerte y hemos podido volver a la vida normal. Eso sí, respondiendo de otra manera.

Porque una emergencia requiere rapidez, y eso no tiene por qué significar improvisación. Estoy preparando algunas cosas que nos ayudarán a reducir el caos si tenemos que volver a salir corriendo: una bolsa de emergencia con lo imprescindible y un listado compartido de aquello que nos importa llevar con nosotros, si es posible.

Otra forma de responder ha sido agradecer. Antes acostumbraba a dar gracias por muchas cosas, incluso por las de todos los días, pero las buenas costumbres también pueden perderse. Es hora de retomarla.

Y también hemos pensado en las dos caras que tienen muchas cosas en la vida. Vivir al lado de una montaña, rodeados de naturaleza, árboles y mucho verde, es una maravilla.

También tiene su reverso.
Hasta ahora no lo habíamos visto tan de cerca.

Un abrazo

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