
Desde dónde decidimos
Sientes que esa persona siempre está pidiéndote cosas que tú no quieres hacer, pero decir que NO te resulta difícil.
Así que, una vez más, accedes mientras mascullas que eso tú no querías hacerlo y que has vuelto a caer.
“Algún día se lo diré a la cara” es lo que te repites cada vez que surge una situación parecida.
Te gustaría ponerle límites, pero no sabes bien cómo actuar, y te preguntas: ¿qué hago?
Te encuentras ante una decisión y mentalmente intentas responder: ¿se lo digo? ¿Le digo que no aguanto más esta situación? ¿Será peor el remedio que la enfermedad?
Y a mí me surge otra pregunta, quizá anterior:
¿Desde dónde estoy intentando decidir?
La decisión no llega sola
Cuando estamos ante una decisión como la del ejemplo, o ante cualquier otra que tengamos que tomar, intervienen distintos factores que pueden influir tanto en cómo la vivimos como en la respuesta que terminamos dando.
Lo relevante es que muchas veces no los vemos, porque no solemos mirar ahí.
A veces participa el miedo a equivocarnos, que puede mantenernos en un bucle entre el sí y el no, entre hacer o no hacer, hablar o seguir como estamos.
Otras veces intervienen el cansancio, el hartazgo o la urgencia por dejar de sentirnos mal.
Puede que también esté presente la necesidad de aprobación, quizá aprendida y reforzada durante años.
Y están además las expectativas ajenas, las interpretaciones que hemos dado por ciertas, nuestras experiencias anteriores, los juicios que hacemos sobre lo que ocurre o el criterio desde el que estamos valorando la situación.
Con tantos elementos en juego, resulta más fácil comprender que una misma decisión puede estar sostenida por cosas muy distintas.
¿Desde dónde? no significa encontrar un estado perfecto
Con esto no me refiero a que haya que esperar a estar en calma total, con plena certeza o en una supuesta posición ideal antes de decidir.
Esa situación puede no llegar nunca y, a menudo, nos toca decantarnos por algo aun con miedo, dudas o incomodidad.
La cuestión es reconocer qué está participando en la decisión, para no confundirlo automáticamente con “lo que hay que hacer”.
Hacer visible amplía el territorio
En ese punto pueden aparecer algunas preguntas que amplían el territorio desde el que estamos mirando la decisión:
¿Qué estoy dando por hecho?
¿Qué temo que ocurra?
¿Qué estoy intentando conservar o evitar?
¿Qué parte depende de mí?
¿Qué consecuencias estoy dispuesta a asumir?
Esto no es un método ni un guion que haya que seguir. Son solo ejemplos de preguntas que pueden mostrarnos aspectos que hasta ese momento no estábamos teniendo en cuenta y que quizá nos permitan decidir con una base más amplia.
No necesariamente con más certeza, pero sí viendo mejor qué está interviniendo.
De lo individual a lo colectivo
Hay además un aspecto que a veces pasamos por alto: nuestras decisiones no siempre terminan en nosotros.
Cuando decidimos dentro de una familia, un equipo, una asociación, una organización o cuando acompañamos a otras personas, aquello que hacemos puede producir consecuencias alrededor.
Nuestro modo de decidir también forma parte de esas consecuencias.
Y aquí aparece la responsabilidad.
No porque hacer visible algo cree una responsabilidad que antes no existía, sino porque puede ayudarnos a reconocer mejor qué parte nos corresponde, qué parte no y cómo queremos responder por aquello que sí nos compete.
Eso no significa hacernos cargo de todo ni asumir lo que pertenece a otros. Significa poder ver con más claridad nuestra parte y decidir qué hacemos con ella.
Al final, no siempre podemos saber si una decisión será acertada, pero sí podemos mirar con algo más de claridad qué está interviniendo mientras la tomamos.
Y quizá, antes de preguntarnos únicamente “¿qué voy a hacer?”, también merezca la pena preguntarnos:
“¿Desde dónde estoy decidiendo esto?”
Un abrazo desde la pregunta

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