Antes de una conversación difícil

Sabes que tienes que hablar con alguien. Puede ser tu pareja, una amiga, un compañero, una persona de tu equipo o alguien a quien acompañas.

Llevas días pensándolo y ensayando las frases que vas a decir.
Imaginas las respuestas que puede darte esa persona y, a partir de ahí, empiezas a construir tu propia historia: anticipas enfados, decides quizá qué no vas a permitir, recuerdas situaciones anteriores y recreas distintos escenarios posibles.

Cuando por fin llega la conversación, en realidad no llegas “en blanco”: llegas con una conversación previa ya muy desarrollada en tu cabeza.

Las conversaciones empiezan antes de hablar

Durante ese proceso de preparación vamos construyendo una estructura apoyada en distintas suposiciones:

  • qué creemos que la otra persona piensa
  • qué suponemos que hará
  • qué intención le atribuimos
  • qué hemos decidido ya sobre cómo va a reaccionar
  • qué damos por cierto a partir de conversaciones anteriores

Incluso podemos ensayar varios escenarios según vamos pensando en lo que puede ocurrir.

No solo anticipamos la conversación. También empezamos a construirla.

Lo que imaginamos también entra en la conversación

Y según cómo interpretemos esas suposiciones, vamos creando un guion que puede condicionar la conversación real cuando por fin se produzca.

Si llego pensando “se va a poner a la defensiva”, quizá entro ya tensa, explico de más, acuso antes de tiempo o evito decir lo importante.
Si pienso “no me va a escuchar”, quizá hablo desde el cansancio o directamente pospongo la conversación.
Si pienso “esto va a acabar mal”, puedo empezar a protegerme antes de que ocurra nada.

Anticiparse no es un movimiento neutro. Puede intervenir en la forma en que hablamos y, por tanto, también en lo que sucede después.

Y esto no ocurre solo en conversaciones personales. También sucede cuando acompañamos a alguien, enseñamos, mediamos, coordinamos un equipo o sostenemos una conversación desde una posición de responsabilidad.
También ahí entramos con interpretaciones, expectativas y conclusiones sobre la otra persona.

Por eso quizá conviene preguntarse:

¿Desde dónde entro yo en esta conversación?

Qué estamos intentando evitar

A veces, esa conversación que existe en nuestra cabeza se queda ahí y no llega a producirse.
Y no siempre evitamos la conversación en sí.

A veces evitamos lo que creemos que puede ocurrir si la tenemos:

  • la reacción del otro
  • sentirnos culpables
  • decepcionar
  • que cambie la relación
  • tener que sostener un límite
  • comprobar que algo es distinto de lo que queríamos
  • reconocer nuestra propia parte en lo que está ocurriendo

Así que puedo preguntarme:

¿Qué estoy evitando realmente cuando esquivo esta conversación?

Mirar antes de hablar no significa seguir aplazando

Mirar todo esto puede ser útil si estamos posponiendo una conversación que realmente queremos o necesitamos tener.
Pero no se trata de analizarlo todo antes de conversar, ni de esperar a estar completamente tranquilos, seguros o “preparados”.

A veces ya sabemos suficiente y lo que toca es hablar.

La cuestión puede ser:

¿Estoy mirando lo que está ocurriendo para comprender mejor cómo quiero entrar en esta conversación, o estoy usando ese análisis para seguir evitándola?

Una conversación difícil no empieza cuando pronunciamos la primera frase. Empieza también en todo lo que hemos supuesto, anticipado, temido o decidido antes de llegar a ella.
Hacer visible algo de ese recorrido no garantiza que la conversación sea fácil. Pero puede ayudarnos a reconocer qué parte nos corresponde, qué estamos intentando evitar y cómo queremos entrar en ella.

Conversaciones así, límites, conflictos o situaciones que llevamos tiempo aplazando pueden ser uno de los puntos de partida de A tu lado.
No para decirte qué tienes que hacer, sino para mirar con profundidad qué está ocurriendo y ayudarte a decidir cómo quieres responder.

Un abrazo

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