
Lo que la mente hace cuando el cuerpo cambia
La mente intenta entender
Hay transiciones importantes que marcan un antes y un después en la vida de una persona.
Uno de esos ejemplos es la menopausia, esa que altera la vida de muchas mujeres durante años y en la mayoría de los casos produce cambios, algunos permanentes, en el físico, las emociones y como no, también en la mente.
Lo que la mente hace cuando el cuerpo cambia sin pedirle permiso es digno de estudio. Al principio intentas entender qué está pasando: por qué te sientes extraña, por qué saltas por nada o por qué te estresa tanto el más pequeño estímulo. Preguntas a otras mujeres qué les pasa a ellas, porque siempre hay una u otra en tu entorno llegando a esta transición, y las respuestas son a veces, muy distintas. Si algo he aprendido es que cada mujer es un mundo y vive la menopausia de manera diferente.
Luego, intentas controlarlo, en función de lo que te pasa, y un día te das cuenta de que estás en modo “queja” continua: que si sofocos, que si no duermo bien, que salto por cualquier cosa, que me duele todo…
El choque y la aceptación
Entonces se produce un choque entre lo que era y lo que está siendo. Quieres que las cosas sigan como antes, aunque en el fondo, sepas que nunca volverán a ser igual. Estás entrando en una nueva época de tu vida, y eso modifica el panorama.
Al cabo de un tiempo, ves que no queda otra que ir aceptando los cambios: algún kilo de más, dolores en partes de tu cuerpo que ni sabías que existían, ya no duermes como antes, cambios bruscos de humor que no desaparecen, el “filtro” mental que te mantenía prudente y ya no está… y lo curioso es que a posteriori, te das cuenta de que algunos de estos cambios empezaron tiempo atrás, aunque no los relacionabas.
Aprendes a verte de otra forma, a entender que tu mundo ha cambiado en cierta manera, y también tu mirada.
La identidad que se mueve
La identidad se tambalea porque no es solo el cuerpo lo que cambia. Para muchas mujeres esta transición coincide con otras pérdidas simultáneas: los hijos que se van, un rol que termina, una forma de verse que ya no encaja. Y eso lo multiplica todo. Yo lo he vivido de otra manera, quizás porque mi identidad se ha movido en muchas ocasiones a lo largo de mi vida.
He aprendido que la identidad sí se pierde. Y que eso, aunque en el momento descoloca, puede ser la parte más liberadora de todo el proceso. Tanto, que hace poco grabé un episodio de podcast sobre esto: A los 60, sin referencias fijas. Y estoy bien.
La menopausia no es el final de nada. Es una puerta que se abre a una vida más completa y profunda, con una sabiduría que sigue desarrollándose con más fuerza a partir de ahí.
“Lo que fue, fue. Lo que es, en cambio, es.»
Jean Shinoda Bolen, en “Las brujas no se quejan”
Con cariño

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