A veces metemos en nuestra mochila cargas que no nos pertenecen.

Lo que nunca fue mío

Cuando el dolor de los demás también se vuelve tuyo

Hubo una época de mi vida en la que me llevaba a casa el dolor de todas las personas que atendía.

De las muchas cosas que he hecho a lo largo de los años, hubo una que ocupó más de quince y sentó algunas de las bases de quien soy hoy.
Como terapeuta natural, pasaba consulta ayudando a las personas a aliviar sus dolencias físicas. Pero lo que verdaderamente ocurría es que, más allá de sus síntomas, casi siempre me hablaban de su estado anímico y de todo aquello que les preocupaba. E inevitablemente, todo eso influía también en su salud.

Las escuchaba, pero además me fusionaba con lo que les pasaba.

La empatía siempre me ha resultado natural, y sentir lo que otros viven me resulta fácil. Así que me llevaba a casa sus preocupaciones como si también fueran mías.
Pero eso pesa. Y mientras sostenía mi vida personal y mi familia, también cargaba mental y emocionalmente con los desvelos de otras personas.

Eso me desgastaba enormemente y drenaba mi energía, dejándome muchas veces bajo mínimos.

El problema no era acompañar

Un día me di cuenta de que no podía seguir así, porque estaba afectando a todo mi desempeño. Algo tenía que cambiar.

No necesariamente las personas.
No necesariamente los problemas.
Lo que cambió fue el lugar desde el que estaba frente a ellos.

A partir de entonces dejé de hacer míos los problemas de los demás, pudiendo dedicar mi energía a los propios, que obviamente también los tenía.

Presencia no es fusión

Con el tiempo entendí algo importante:
El problema no es ayudar, ni escuchar, ni acompañar profundamente.
El problema es el lugar interno desde el que se hace.

Puede que en aquel momento hubiera una identificación inconsciente con sostener.
O una idea distorsionada de responsabilidad emocional.
Tal vez la sensación de que abrirse al otro implica cargar con él.

Y un día apareció una separación sana.

No era frialdad.
No era distancia emocional.
No era indiferencia.


Era un punto diferente de conciencia.
La posibilidad de estar presente sin absorber.

Muchas veces no necesitamos cambiar lo que hacemos.
Necesitamos cambiar desde dónde lo hacemos.

Lo transparente también dirige nuestra vida

Lejos de ser un cambio puntual o momentáneo, aquello fue un movimiento interno profundo. Y terminó convirtiéndose en mi forma de acompañar a las personas, incluido mi entorno más cercano.

La conciencia no siempre añade algo nuevo.
A veces simplemente hace visible algo que hasta entonces era transparente.

Mientras no lo vemos, esto es lo que ocurre:

  • Lo transparente no se cuestiona.
  • No se observa.
  • Opera sin ser visto.
  • Organiza la experiencia desde dentro.

Hasta que algo se hace visible.
Y cuando se hace visible, aparece libertad.

No necesariamente para cambiarlo todo de golpe.
Pero sí para dejar de vivir completamente dirigidos por ello.

Sentir profundamente no obliga a cargar

En mi caso, antes confundía presencia con fusión. Ahora acompaño sin perderme dentro de lo que le ocurre al otro.
Porque sentir profundamente no obliga a cargar.

Quizás a ti también te pase.
Quizás seas una persona empática y estés agotada por el peso de una carga que ni siquiera te pertenece.

Con los años he entendido que la conciencia no siempre llega como una gran comprensión.
A veces llega como algo mucho más silencioso: dejar de cargar con lo que nunca fue tuyo.

Con un abrazo presente

Palabras que acompañan en procesos de transición vital
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