
Soltar no es rendirse
Hace unos días hablaba con una buena amiga, y surgió una conversación interesante.
Aunque vive en España hace muchos años, en ese momento estaba en su país de origen, adonde viaja frecuentemente por diferentes razones. Va y viene a menudo, y eso requiere organización: vuelos, el trabajo, su mascota… muchas cosas que dejar atadas cada vez que se va, así que es un proceso al que está habituada.
Ya estaba planeando su próximo viaje de vuelta allí para el verano, quizás para quedarse un par de meses.
En esos días hablamos, y esto fue lo que me contó.
Cuando la mente no para
Llevaba días dándole vueltas a su próximo viaje, y esto le tenía preocupada.
Todo parecía ser complicado: no encontraba vuelos a un precio razonable, ni en las fechas que le convenía; el gasoil tenía entonces un precio imposible (le hacía ilusión ir con su coche nuevo —y además, llevarse su mascota—) y otras cosas que no parecían encajar.
Por más vueltas que le daba, no encontraba solución. Y así llevaba días y días, mentalmente agotada de tanto trasiego mental.
Le dije que a veces, nos desgastamos intentando encontrar un resquicio por el que ver la luz cuando le damos demasiadas vueltas a un problema. También que estaba analizando la situación con los datos que tenía en ese momento, y no encontraba respuestas. Quizás esos datos pudieran ser diferentes una vez que volviera a España, al cabo de unos días.
«Mira, puede que encuentres otras fechas de vuelos que puedan encajarte. O que el precio del gasoil se reduzca, y te puedas ir con el coche. ¿Qué te parece si dejas este asunto a un lado hasta que vuelvas? Solo son unos días, y quizá haya otras oportunidades que ahora mismo, aún no han aparecido.»
Le pareció que era lo mejor que podía hacer en ese momento, y me dijo que lo pondría en práctica.
El problema no es pensar. Es no poder parar.
Esos días, la mente de mi amiga (como la de todos) estaba haciendo de las suyas: generando interpretaciones que parecen realidades. Produciendo explicaciones, causas y narrativas. Y esto no es un defecto, es su función.
Pero hay un momento en que esa maquinaria se vuelve agotadora: cuando se aplica a lo que todavía no tiene forma. A la incertidumbre. A los procesos de transición, donde por definición no encontramos suelo firme.
El problema no es pensar. Es creer que pensar más lleva a más claridad, rumiando los problemas una y otra vez, esperando una respuesta que en ese momento no existe, por lo que muchas veces no solo no trae más luz, sino que lleva a más ruido.
Y el ruido cansa, además de no proporcionar soluciones.
Soltar no es rendirse
Lo que no vemos es que a veces, soltar es la única opción. Quizás porque no queremos perder el control de nuestros asuntos, o porque pensamos que «resignarse» no es una opción. Pero eso no es desconectarse, ni es decir «me da igual». Es algo más preciso y más difícil: dejar de exigirle al momento que ofrezca una explicación que todavía no existe.
La mente sigue funcionando. Pero ya no ocupa todo el espacio. Ya no dirige.
Cuando eso ocurre, algo se mueve. No de golpe, no de forma dramática, pero ocurre.
La incertidumbre ya no es tan molesta. La energía que se escapaba en tantas vueltas empieza a estar disponible (por fin) para otras cosas.
Puede que las decisiones no fluyan, pero son más claras, porque vienen de otro lugar, y el presente deja de ser un obstáculo mientras llega «cuando encuentre la solución».
No es un estado. Es una práctica.
No creas que te voy a decir que soltar el control cognitivo es un estado que se alcanza y listo. Es algo que se practica, que se pierde, que se vuelve a encontrar. Y está bien así.
Lo que sí te digo es que la incertidumbre a veces sigue sintiéndose incómoda. Incluso muy incómoda. Pero la forma en que uno se relaciona con ella cambia. No se rechaza. Pesa menos. Aprendes a convivir con ella sin ansiedades.
¿Qué estarías haciendo diferente si pudieras aparcar los problemas que no tienen solución inmediata?
Con cariño

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