Vista amplia del mar bajo un cielo nublado, con pequeñas agrupaciones de estructuras sobre el agua

Tener una opinión no es tener criterio

A menudo me tropiezo con personas que creen que tener una opinión clara es tener criterio. Pero no es tan directo ni tan sencillo.

Te pongo un ejemplo:

Estás en una reunión de amigos y alguien dice con una convicción que aplasta:

“Para ser productivo hay que madrugar.”

Y otro de los amigos, con una gran sonrisa, dice: “¡Claro! Ya dicen que a quien madruga, Dios le ayuda.”
Entonces tú le preguntas: “¿Y por qué crees eso?”, a lo que te responde: “¡Porque lo hago desde hace muchos años y, si no, el día no se aprovecha!”

Si le preguntaras entonces de dónde procede esa idea y por qué se convirtió en un hábito de años, es probable que no tenga una respuesta clara. O que te diga que alguien se lo dijo o que lo leyó en alguna parte.

No se trata de que madrugar sea bueno o malo. Tu amigo cree que es bueno y lo dice tan convencido que puede que te esté persuadiendo, a pesar de que su cara de cansancio y las ojeras que le acompañan a diario puedan estar transmitiendo otra cosa.
Puede ser que el día le cunda mucho, pero que algo le desestabilice y él ni siquiera se lo plantee. No cuestiona que, aunque madrugar pueda ser bueno en general, no tiene por qué serlo para él: su cronotipo puede decir otra cosa y ese día tan largo puede estar restándole energía.

¿Por qué lo sostiene entonces? Probablemente porque es su costumbre y porque quiere aprovechar su tiempo.
¿Aprovechar?
Eso también es algo que podemos cuestionar. ¿Qué es aprovechar el tiempo? ¿Es lo mismo para todo el mundo?

En este caso, como en muchos otros, esa opinión que expresa con tanta contundencia puede ser prestada o heredada de un grupo. O puede que simplemente sea la conclusión a la que ha llegado su mente después de oír muchas veces que “el éxito es para los que madrugan”.

Cuando una interpretación se convierte en verdad

Nuestra mente interpreta todo el tiempo. Nos trae juicios y conclusiones sin que se lo pidamos. Y con frecuencia los damos por buenos: si no los cuestionamos, podemos vivirlos como si fueran hechos.

Una opinión es, en muchas ocasiones, una interpretación que no hemos examinado y que defendemos a capa y espada como si fuera verdad.

Esto, aunque pueda parecer otra cosa, no es tener criterio.

Entonces, ¿qué es tener criterio propio?

El criterio propio no es solo la conclusión a la que llegamos, sino también el proceso que la sostiene: observar qué está apareciendo, preguntarnos si es cierto o si es una conclusión que ha aparecido, examinar de dónde procede y, solo entonces, decidir qué sostenemos.

No es pensar distinto a los demás. Puede que coincida con la opinión mayoritaria —o no—, pero lo primordial no es el contenido, sino cómo se ha llegado hasta ahí.
Es cuestionar de forma consciente lo que hacemos, pensamos, oímos y vemos, sin dar automáticamente vía libre a nada por el mero hecho de que aparezca, se repita o sea compartido por muchos.

Y eso nos corresponde a cada uno de nosotros.

El criterio también exige revisarlo

Una opinión, al fin y al cabo, no te pide demasiado: puedes cambiarla sin siquiera darte cuenta del motivo o defenderla sin llegar a revisarla nunca.

El criterio propio, sin embargo, implica hacerse responsable de lo que uno sostiene: revisarlo cuando algo ya no encaja, sostenerlo aunque los demás no lo validen y estar dispuesto a cambiarlo si el cuestionamiento conduce hacia otro lugar.
Ya no basta con decir: “es que siempre lo he hecho así” o “es que es lo que piensa todo el mundo”.

Escribir este artículo también forma parte de ese ejercicio: cuestionar, elaborar y poner en circulación lo que pienso, en lugar de dejarlo siempre dentro.

Te invito a que la próxima vez que te escuches dando una opinión contundente, te preguntes:

¿Esto que sostengo lo he cuestionado o solo lo he heredado?

Un abrazo con criterio

Palabras que acompañan en procesos de transición vital
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